Guido Stein afirma en su libro “Cambiar o no cambiar: esa es la gestión” que la supervisión del equipo ocasiona efectos perversos que se potencian entre sí; por un lado está el que afecta a los subordinados, pues en la medida en que se sienten más controlados desarrollan menos sus competencias de autodirección y automotivación, que acaba desembocando en falta de confianza en su propio trabajo.
Cuanto más se controla a un subordinado, más posible es que éste perciba que necesita tal control.
Por otro lado, si a un directivo se le encarga controlar y coordinar un grupo, se suscitara una tendencia natural a perpetuar dicha tarea: no sólo se verá en la necesidad de buscar que cosas ha de vigilar, sino que, probablemente, promoverá situaciones que precisen su supervisión. Está en juego la justificación de la necesidad y relevancia de su actividad dentro de la organización.
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